martes, 30 de junio de 2009

Declaración de intenciones (II)

Una vez más.


miércoles, 24 de junio de 2009

De modernos

Visto el otro día en el blog del hombre perplejo al que no se le escapa ni una. Más grande que dos batas de cola juntas con sus respectivas folclóricas dentro. Por lo visto, ya la han borrado. Para los que no reconozcan el asalmonado muro, es el de la filmo. Mil gracias al susodicho y que siga haciendo foticos.

viernes, 19 de junio de 2009

Carabela portuguesa

Hoy os dejo un poema de la anónimohermanica, indispensable para enfrentarse a esta caló. Sus poemas son también como las medusas, de efecto inmediato.

Carabela portuguesa

Este verano en las costas murcianas

Puede aparecer la carabela portuguesa

Se trata de una medusa cuya picadura es peor que la de 1000 abejas

Aléjense de ellas y no las toquen

Puede requerir tratamiento médico

No sé por qué, amor, últimamente, todas las noticias tratan de ti.

jueves, 18 de junio de 2009

Twist

Cuarta sesión de "Mira quién baila a través del cine". Hoy, el twist-twist, en el incomparable marco de las verbenas de verano gracias al siempre genial Fernando Fernan Gómez y su "El extraño viaje".
"Que bien te meneeas, condenáaa" "Qué burro, eres".

martes, 16 de junio de 2009

La herida

Hicieron de la herida su jacuzzi particular
Mientras él hacía largos de espalda
ella se sentaba en el borde del problema
y chapoteaba con los pies en la sangre.
A él le molestaba siempre esa pantomima
le mordía el dedo pulgar sumergiéndola en el fondo
donde el pelo se le enmarañaba con las plaquetas
y los glóbulos blancos.

Con el tiempo lograron ampliar el espacio
Construyeron un spa
Invitaban a los amigos que, en sus tumbonas,
contemplaban el nuevo espectáculo.
Ahora ella le mordía a él en el pecho
Y él la volteaba para atrás.
Los dos se buscaban como pirañas
y el aire de la superficie los ahogaba.

Hasta que un día él fue a lanzarse
de cabeza y tropezó con un surco
de tierra.
Decidieron entonces plantar un huerto.
Como temen que el invierno lo hiele
han comenzado a quemar el mobiliario del spa.
Si no es suficiente se quemarán el uno al otro.
Él se lo ha prometido.

viernes, 12 de junio de 2009

Terremotos

Estábamos sentados en una terraza tomando unas cervezas. Miguel nos contaba la historia de un tío de su trabajo que no tenía ombligo porque le habían extraído piel del abdomen para ponérsela en el brazo tras un accidente de tráfico. Al tipo le encantaba enseñárselo a todo el mundo. Cogía la mano de la gente y la pasaba por la cicatriz haciendo una leve presión donde debía estar el orificio. Decía que a las tías les ponía un montón aquello y que si volviera a nacer cogería la moto borracho de nuevo. Que desde que le ocurrió no sentía ataduras de ningún tipo y mil tonterías por el estilo. Que era un ser unicelular. Mientras nos relataba la anécdota la niña de la mesa de al lado se había acercado a nosotros. Tenía cinco o seis años. Yo la conocía del barrio. Su madre solía venir también a esa misma terraza y a la niña le gustaba saltar de una mesa a otra para quitarnos las patatas fritas y pasar el rato. Se subió a la mesa y comenzó a mover el cuerpo desenfrenadamente como solo los negros lo saben hacer mientras gritaba “Terremoto, terremoto”. Miguel le tocaba el ombligo y ella gritaba cada vez más alto.

Fue en ese momento que el tipo aquél atravesó la terraza velozmente y tiró todos los vasos de una de las mesas vacías. Al principio siguió andando pero a los pocos segundos giró bruscamente volviéndose hacia la mesa que había derribado. Tenía pinta de extranjero y por su mirada seguramente estaba drogado, borracho o ambas cosas. A mí me sonaba de verlo a veces con el mendigo del cajero de la esquina aunque hacía un tiempo que ya no les veía juntos. Se agachó y comenzó a recoger con la mano uno a uno los múltiples pedazos de cristal derramados apretándolos en el puño como si fueran palomitas de maíz. Nadie decía nada pero todos esperábamos el instante de ver salir la sangre de la mano. Cuando tenía suficientes cristales iba a la papelera y los tiraba mientras decía “lo siento, lo siento” a la gente que había al lado. Miguel nos comentó en voz baja que hacía un par de semanas lo había visto liado en esa misma terraza con la madre de la niña, que se había bajado de la mesa y seguía el espectáculo con expresión divertida. Sin darnos cuenta se puso a gritarle al tipo “con los pies, con los pies, como Jesucristo”. Entonces la niña se quitó las sandalias y comenzó a caminar sobre los cristales. Y el suelo por fin comenzó a colorearse del color parduzco de la sangre. Luego todo sucedió ordenadamente, como en los capítulos precedentes. El dueño del bar salió y metió al tipo en el bar. La madre recogió a la niña y se marcharon calle arriba.

Esa misma noche, ya en la cama, el jefe de Miguel llamó para pedirle que cubriera una emergencia en una estación eléctrica. Lo recuerdo porque mientras se ponía los pantalones ni siquiera discutimos.

lunes, 8 de junio de 2009

Renoventas

Ya están aquí.... Cuidado, si posas las cinco yemas de tus dedos en la pantalla, youtube puede engullirte...
P.D: Gracias a César, que me descubrió al grupo y ahora soy incapaz de parar de bailar.



jueves, 4 de junio de 2009

Siempre Eustache

Llega por fin a la Filmoteca uno de mis ciclos más esperados: una retrospectiva sobre Jean Eustache. Reproduzco a continuación fragmentos de un artículo de otro grande, también desaparecido, Serge Daney, con motivo de la muerte de Eustache en 1981.

"La muerte de Jean Eustache perturba pero no sorprende. Sus amigos lo dirán a quien quiera escucharlo: era un suicida en potencia. Sólo lo ataban a la vida un pequeño número de hilos, tan sólidos que parecían indestructibles. Pero fue un error creerlo. El deseo de cine era uno de estos hilos. El deseo de no filmar a cualquier precio era otro. Tal deseo era un lujo y Eustache lo sabía. Pagó el precio.

No basta con decir que había nacido al cine con la Nouvelle Vague, o apenas un poco después, pero con los mismos rechazos y las mismas admiraciones. Tampoco basta con decir que era un autor, que su cine era despiadadamente personal. Despiadado, en principio, para con su propia persona, arrancado a su experiencia, al alcohol, al amor. Llenarse de su propia realidad para hacer con ello el material de sus films, de sus propios films, films que nadie más pudiera hacer en su lugar: su única moral, pero una moral de hierro. Sus films sólo venían cuando era lo suficientemente fuerte como para hacerlos venir, para hacer retornar en él aquello que ya constituía su vida.

Sus films se sucedieron al filo de los desoladores años '70, siempre imprevistos, sin sistema, sin ubicación posible. Películas-río, películas-corto, emisiones de televisión, lo real apenas ficcionalizado, ficción hiperreal. Cada film iba hasta el extremo de su materia, lleaba consigo su duración. Imposible llevar la contra, calcular, tener en cuenta el mercado cultural; imposible, para ese teórico de la seducción, seducir a un público.

A ese público, lo tuvo de su lado una vez, cuando hizo el mejor film francés de la década, La Maman et la Putain (1973). Sin él, no tendríamos ahora ningún rostro que nos permitiera recordar a los niños perdidos de Mayo del '68. Perdidos y ya envejecidos, charlatanes y pasados de moda: Lafont, Léaud, y sobre todo Françoise Lebrun, con su chal negro y su voz terca. Sin él, de aquello no quedaría nada.

Etnólogo de su propia realidad, Eustache habría podido hacer carrera, convertirse en un buen actor, con fantasmas y visión del mundo, un especialista de sí mismo en alguna medida. Su moral se lo prohibía: sólo filmaba porque le interesaba, conseguía transcribir lo que lo trabajaba por dentro. Las mujeres, el dandysmo, París, el campo y la lengua francesa. Ya era mucho.

Como un pintor que sabe que nunca terminará con eso, no dejó de volver sobre el motivo, sirviéndose del cine no como de un espejo (eso queda para los buenos cineastas), sino como de la aguja de un sismógrafo (los grandes). El público, seducido por un instante, olvidó a este etnógrafo perverso al que continuaban ocurriéndole muchas desgracias. Artista y nada más que artista (no sabía hacer otra cosa que rodar películas), el suyo era por el contrario el discurso más modesto y más orgulloso a la vez, el de un artesano. El artesano sopesa todo, evalúa todo, asume todo, lo memoriza todo. Eustache hacía eso".

miércoles, 3 de junio de 2009

Boum

Brrrrrrrr!!!!